Es un placer compartir con ustedes mi confrontación con la docencia.
Estudie la carrera de Técnico Profesional en Comunicación Social, al terminar, inmediatamente ingresé al convento, en la Congregación de las Hijas de la Caridad de Santa María, con la firme convicción de ser misionera y trabajar con las personas más necesitadas; en el año del postulantado la madre maestra me dijo que no era mi vocación ser misionera, que mi vocación de servicio estaba en la docencia y poco a poco me fui enamorando de ella. Cuando entré al noviciado me mandaron a estudiar la carrera de filosofía y a trabajar como docente en diversas escuelas y niveles como: preescolar, primaria, secundaría y preparatoria; cuando profesé como religiosa me casé con Dios y con mi vocación de servicio. El ser maestra es lo más bonito que la vida (Dios) me ha dado; cuando estoy frente al grupo y veo a los jóvenes, pienso: ¡Señor, dame la sabiduría para poder guiarlos con éxito y que los factores de riesgo no tergiversen su camino!
Ser docente en la educación media superior, es un arte, una labor titánica, no ha sido fácil, porque los alumnos están en una etapa difícil; están buscando su identidad como persona, el ser aceptados en un grupo de amigos, están experimentando su sexualidad e independencia (en muchos casos) y sumémosle la falta de comunicación con sus padres (no son todos).
Cuando veo que mis alumnos y yo hemos logrado terminar con éxito el programa, poniendo en práctica sus conocimientos y han mejorado su actitud frente a la vida, me siento satisfecha y orgullosa por haber alcanzado mi objetivo.
Me duele mucho, cuando no logro terminar con éxito el programa por situaciones que no me competen.
Me despido de ustedes, esperando sus comentarios para crecer como docente.

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